¿Conocéis esos antiguos juguetes de hojalata de los años 40? Esos con forma de caballo o de tiovivo o de coche. Esos que solían contener un sencillo mecanismo que los ponía en movimiento o que hacía sonar una melodía... Pues bien, mis padres poseen uno de esos juguetes. Se trata de un camión de bomberos de color rojo, con su sirena, su escalera plegable en el techo, su manguera y sus cuatro metálicos ocupantes, cada uno con su reglamentario casco de color negro. Si se le da cuerda, la sirena suena, estridente, y la escalera se levanta y se extiende. Una verdadera joya que debió de fabricarse en China o en Japón o en algún otro país asiático, a juzgar por los caracteres escritos en la caja de cartón donde lo guardamos.
Tengo 27 años y en todo ese tiempo creo haber visto el camión en acción unas cuatro veces. La última fue este mismo fin de semana, cuando mi padre lo sacó del trastero y lo subió a casa. Supongo que tardarán meses antes de que vuelva a ver como estos muñecos de hojalata se disponen a sofocar otro incendio imaginario.
El camión de bomberos chino siempre provoca en mi padre el mismo comentario: "Esto es una joya. Ya no hacen juguetes así. ¡La de años que tiene!" y al escucharlo, de nuevo, este fin de semana me ha parecido chocante y también un poco patético que el destino de este juguete - que sin duda era alegrar las horas de ocio de un Juanito o de una Susanita, y muy probablemente romperse una tarde de lluvia en la que ni Juanito ni Susanita podían salir a jugar al jardín, provocando un mayúsculo enfado de sus respectivos padres- haya degenerado, a causa de su naturaleza de juguete precioso y delicado y precisamente en contra de ella, en dormir el sueño de los justos en su ataúd de viejo cartón, guardado a buen recaudo en un oscuro trastero.
Lo mismo pasa con la vida. Ciertas palabras, ciertas emociones, ciertas acciones se conservan bien guardadas, protegidas de todo y de todos. Evitamos que cumplan su cometido por temor a que al hacerlo desaparezcan. No nos atrevemos a aceptar que su propia naturaleza obliga que las expongamos al descubierto, que las mostremos, que las usemos, que pasen de mano en mano, que el sol las ilumine y la lluvia las empape, que se deterioren, que se gasten, que se descompongan.
Un juguete gastado, una piel ajada, una maleta de piel raída, un libro de lomo ilegible, un corazón doliente, una lágrima derramada, el último vaso de una cristalería, un calendario lleno de anotaciones... son testigos de un tiempo bien aprovechado.