lunes 7 de mayo de 2007

El camión de bomberos chino

¿Conocéis esos antiguos juguetes de hojalata de los años 40? Esos con forma de caballo o de tiovivo o de coche. Esos que solían contener un sencillo mecanismo que los ponía en movimiento o que hacía sonar una melodía... Pues bien, mis padres poseen uno de esos juguetes. Se trata de un camión de bomberos de color rojo, con su sirena, su escalera plegable en el techo, su manguera y sus cuatro metálicos ocupantes, cada uno con su reglamentario casco de color negro. Si se le da cuerda, la sirena suena, estridente, y la escalera se levanta y se extiende. Una verdadera joya que debió de fabricarse en China o en Japón o en algún otro país asiático, a juzgar por los caracteres escritos en la caja de cartón donde lo guardamos.
Tengo 27 años y en todo ese tiempo creo haber visto el camión en acción unas cuatro veces. La última fue este mismo fin de semana, cuando mi padre lo sacó del trastero y lo subió a casa. Supongo que tardarán meses antes de que vuelva a ver como estos muñecos de hojalata se disponen a sofocar otro incendio imaginario.
El camión de bomberos chino siempre provoca en mi padre el mismo comentario: "Esto es una joya. Ya no hacen juguetes así. ¡La de años que tiene!" y al escucharlo, de nuevo, este fin de semana me ha parecido chocante y también un poco patético que el destino de este juguete - que sin duda era alegrar las horas de ocio de un Juanito o de una Susanita, y muy probablemente romperse una tarde de lluvia en la que ni Juanito ni Susanita podían salir a jugar al jardín, provocando un mayúsculo enfado de sus respectivos padres- haya degenerado, a causa de su naturaleza de juguete precioso y delicado y precisamente en contra de ella, en dormir el sueño de los justos en su ataúd de viejo cartón, guardado a buen recaudo en un oscuro trastero.
Lo mismo pasa con la vida. Ciertas palabras, ciertas emociones, ciertas acciones se conservan bien guardadas, protegidas de todo y de todos. Evitamos que cumplan su cometido por temor a que al hacerlo desaparezcan. No nos atrevemos a aceptar que su propia naturaleza obliga que las expongamos al descubierto, que las mostremos, que las usemos, que pasen de mano en mano, que el sol las ilumine y la lluvia las empape, que se deterioren, que se gasten, que se descompongan.
Un juguete gastado, una piel ajada, una maleta de piel raída, un libro de lomo ilegible, un corazón doliente, una lágrima derramada, el último vaso de una cristalería, un calendario lleno de anotaciones... son testigos de un tiempo bien aprovechado.

sábado 24 de marzo de 2007

La hora mágica

Al ponerse en marcha nuestros hornos interiores se entreabre una pequeña puerta en lo más profundo de la consciencia y una luz cálida se filtra a su través. Al traspasarla, los pensamientos comienzan a hacerse más densos, los conceptos que los forman se hinchan como sapos y, en consecuencia, las diferencias que nos permiten distinguirlos pierden su importancia relativa, sumiéndonos en un estado de desorientación y de abulia. Suele entonces surgir un verbo luminoso y nuestra voluntad se lanza a revolotear en círculos a su alrededor, como una gorda polilla, pero sin llegar a ninguna parte y pierde fuerza a medida que desciende y se aleja de la luz. Quizá encuentre en su caída otra candela a la que anclarse ingrávida. O quizá, más probablemente, acabe por fin cayendo sobre un acogedor manto de mullido tacto, que le envuelva y le sede, alejando de ella los ruidos del entorno, y le mezca dulcemente para invitarla a la antigua meditación de sobremesa.

jueves 1 de marzo de 2007

Inglés & Pedreño

Me encantan los casos de sincronicidad, es decir, las casualidades imposibles. Son momentos en los que uno se siente completamente atrapado por la situación. La vida antes y después de ese instante cede su protagonismo a la magia del suceso. Todo es súbitamente relativo. Nada es tan subyugante como esa asombrosa coordinación de elementos en nuestro cotidiano espacio-tiempo.
Ayer viví uno de estos raros casos de sincronicidad. Mi amigo Raúl y yo nos fuimos a comer al Corte Inglés de Cartagena. Después de estar toda la mañana sentados en el laboratorio, un largo paseo antes de la comida abriría nuestro apetito y tras ella nos ayudaría a hacer la digestión. Y precisamente en el camino de vuelta al campus de la universidad sucedió lo imposible. Hacía no más de cinco minutos que habíamos salido del centro comercial cuando vimos a unos cuantos metros por delante nuestro a un profesor de la escuela de ingenieros acompañado por su esposa. Salían de un restaurante y se dirigían a una cafetería cercana. Este profesor se apellida Pedreño.
Raúl comenzó entonces a hablarme de sus clases de inglés. Ha terminado su trabajo en Cartagena y se vuelve a Murcia, a preparar la defensa de su proyecto de fin de carrera y planificar su inmediata actividad profesional, que ojalá pase por Greenwich, como el meridiano. Mi amigo me contaba que por la tarde iría a la última clase de inglés en una academia de Cartagena y que querría seguir estudiando cuando estuviera en Murcia. Y en ese momento sucedió. Doblamos una esquina y delante nuestro, estacionado en la calzada, se encontraba un pequeño y viejo camión de transporte, y rotulado con grandes letras blancas sobre la lona el nombre de la empresa familiar: Inglés & Pedreño

miércoles 28 de febrero de 2007

Sueño

A la hora de la siesta sonaba música árabe en la radio. Tras el largo paseo se arrelanó en su butaca e imaginó que se encontraba en un salón de té, acomodado entre mullidos cojines, al lado de ella, tomándola de la mano y dándole a comer anestesiantes dulces de miel. En la penumbra del salón, a través de la densa atmósfera de susurros eróticos, su oscura mirada iluminaba el camino hacia sus labios, doblemente dulces. Cuando ya percibían el calor de sus rostros, ambos cerraron los ojos y se besaron.

De pronto, sintió fío. Extrañado, abrió los ojos y comprendió el motivo. Una mujer con un pequeño caniche había abierto la puerta, entrando rápidamente, y el helador viento del enero parisino se había colado en el café, llegando hasta la mesa que ocupaban. El café estaba casi vacío y el verdadero espectáculo era el de la gente que corría de aquí para allá buscando refugio contra la lluvia. Ella le miró pícaramente y le preguntó con una sonrisa: Parece que llueve ¿Salimos a pasear?. Él se levantó, cogió la bolsa de la cámara y le contestó: Claro que sí, cariño. Los días de lluvia son perfectos para las fotos en blanco y negro. Se cogieron de la mano y salieron a la calle.

domingo 25 de febrero de 2007

Efecto mariposa

Hace un rato me encontraba en la terraza de mi casa, leyendo un texto sobre Psicología Política. Hoy es un día de mucho viento en Torrevieja, un viento violento, un viento censor, porque te fuerza a que te metas en el salón y no disfrutes de la luz del sol ni del verdor de las palmeras, ni de los pensamientos que ambos te sugieren.
Terminé un párrafo, subrayé un par de ideas importantes y levanté la vista del libro... Vi la casa de enfrente, en sombra, y escuché el fluir del aire... fuuuuuuuuuuuuuu... Entonces, volví la cabeza a mi derecha y contemplé, a través de un arco de la terraza, otros bloques de la urbanización y sobre ellos y detrás de ellos y lejos de ellos... el cielo azul, eléctrico, inmenso, positivo, tan bonito que me hizo sonreir... De repente, la amarilla margarita de plástico clavada en una maceta comenzó a girar desaforadamente. En ese preciso instante imaginé que se había puesto en marcha un pequeño engranaje del oculto mecanismo del Destino que alguien había emplazado en nuestro jardín doméstico, un motorcito que estaba empujando la primera ficha de un invisible serpentín de acontecimientos encadenados, dispuestos para producir un hecho mágico y azaroso en la vida de alguien.

miércoles 21 de febrero de 2007

Las cenizas del lagarto

Esta mañana he conducido hasta Cartagena escuchando la hora de los fósforos en Herrera en la onda. El propio Carlos se ha dado cuenta, tras introducir el tema para las intervenciones, de la curiosa coincidencia... es Miércoles de Ceniza y vamos a hablar de apariciones sobrenaturales.

En este día, que para los católicos es día de ayuno y abstinencia, igual que el Viernes Santo, se realiza la imposición de la ceniza a los fieles que asisten a Misa. Estas cenizas se confeccionan a partir de la quema de los ramos del Domingo de Ramos del año anterior, y son bendecidas y colocadas sobre la cabeza o la frente de los fieles como signo de la caducidad de la condición humana, como signo penitencial (ya usado desde el Antiguo Testamento) y de conversión, que debe ser la nota dominante durante toda la Cuaresma.
Caducidad, muerte, balance, conversión y reconciliación... Elementos esenciales también de las historias cotidianas de fantasmas, las que contamos en un día nublado como hoy, al calor del hogar, en compañía confidente de buenos amigos. Los cuentos de vieja suelen producir en el público desasosiego, malestar, sustos, palpitaciones, etc. Pero a mi siempre me han fascinado, me han resultado atractivos y he sentido gran curiosidad por desvelar el secreto que esconden estos relatos.
También las coincidencias imposibles o la conexión entre dos personas más allá de la estadísticamente normal (como la que tenemos tú y yo) es fuente de inquietud -para unos- y de emoción -para otros, para nosotros-. Encontrarnos dinero cuando estamos juntos, aunque sea hablando por teléfono, emplear las mismas palabras al mismo tiempo cuando hablamos por messenger, leernos el pensamiento... Cosas que pasan cuando uno está bajo el embrujo de una vampira andaluza.
La mayoría de los extraños acontecimientos relatados esta mañana sucedieron cuando sus protagonistas eran niños pequeños o jóvenes adolescentes. Y dado que uno de mis intereses dentro de la psicología es precisamente la psicología evolutiva, he sentido curiosidad por saber más sobre ese lugar común de muchos cuentos de este tipo, que consiste en asumir que los adultos perdemos la capacidad de percibir la realidad extrasensorial en la que vivimos sumergidos sin nosotros saberlo. ¿Qué habrá de cierto en ello? El proceso de culturización y de socialización que nos conduce a ser personas mayores ¿desbastará nuestras antenas de lo extraño? ¿Cómo se produce la pérdidad de credulidad? ¿O acaso nos envolvemos en un credulidad aún más fuerte, la creencia ciega en la futilidad de la existencia?
Un tema interesante para discutirlo con amigos. Lo meto en el tiempo de sobre para sacarlo algún día.

domingo 11 de febrero de 2007

El arte imita a la realidad

Me cogió la mano, y estuvimos un tiempo besuqueándonos delante de los demás pasajeros. Era un puro abandono adolescente -no de mi propia adolescencia, quizá, sino de la que siempre había deseado -, y besar a una mujer en público era una experiencia tan nueva que no tuve tiempo de pensar demasiado en el tormento que me aguardaba.

El libro de las ilusiones (Paul Auster)